sábado, 9 de octubre de 2010

La cacería


Me encontraba en la barra de un bar, rodeado de mentes de todo a cien, ángeles de pinta y colorea y la sensación de que los bares de gente moderna no están diseñados para mí paladar, respiraba humo de tabaco y saboreaba la última copa que mi sueldo de febrero podía costear, siempre tuve un problema de alcoholismo, querría tomar diez copas, pero sólo tolero ocho antes de caer redondo al suelo. Y esa fue la situación; deposité todo mi espíritu, mi mente, y mi organismo en conjunto sobre la lengua de una vaca, eso al menos pensé cuando posé mis manos sobre el suelo para pasar de ser un ser bípedo, a un ser cuadrúpedo y como último estado de la decadencia; una mancha de aceite sobre un charco de agua: derramado y extendido.

Los chicos y las chicas del antro de la new, y definitiva, age habían tenido el detalle de expulsarme del bar junto con mi sombrero nuevo, un gran detalle. Al incorporarme protegí mi mirada de la inquisidora luz de la farola, se adentraba en mi cerebro como un cuchillo en mantequilla, al volver al estado bípedo una bocanada de humo de tabaco atravesó la distancia que me separaba del cigarrillo de origen, y golpeó en mi cara con alevosía y violencia. Era Jack, Jack Emilio.

En menos de un minuto me explicó para que había aparecido en mi vida de nuevo y me aclaró que hay que hacer cuando Windows nos muestra su pantalla más azul, azote del usuario medio. Jack Emilio exigía mi compañía en un trabajo, algo que por otra parte mi cartera demandaba sin ningún tipo de rubor. El asunto consistía en liquidar a un tipo y preparar cuarenta quilos de galletas de almendras para la rifa benéfica de la iglesia, aparentemente era sencillo, el problema seria encontrar las almendras.

El individuo en cuestión era una de esas personas dedicadas a leer libros y estudiar hechos y sucesos, ¡cómo si eso sirviese para algo! Según el documento que pude leer el tipo había introducido algún anglicismo de contrabando en el país, actuando de igual forma con galicismos y conceptos sobre la duda humana de la estructura de la realidad o del orden correcto de los ingredientes del sándwich perfecto. Así que actué, me introduje en su apartamento y oculté mi cuerpo tras las cortinas, cuando el individuo estaba relajado leyendo uno de sus libros bajo una luz tenue me avalancé sobre él, y de un tajo seccioné su vida. Acto seguido y para que todo pareciese un suicidio le coloqué un libro de la saga Crepúsculo en sus manos. Después desaparecí y no volví a la ciudad en meses, ahora consumo el tiempo de caza entre licores a la espera de nuevas exigencias…

4 comentarios:

  1. Excelente relato, con un ritmo machacador, como esos de aplastar almendras, aborrezco los bares modernos para gente moderna ¿Dónde habrá ido a parar la bohemia, el aire enviciado y el murmullo que da paso a la conversación?

    Que provocador ha sido el relato, atrapando al personaje con cierta codicia y desparpajo, dejarle un libro de la saga de Crespúsculo ha resultado una maniobra sagaz y espeluznante. Esperemos que la decadencia que brindan los licores no afecte las nuevas exigencias.

    Le envío un caluroso saludo y un aplauso generoso.

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  2. Desde la primera palabra me has proporcionado unos minutos de carcajada limpia. De hecho, ya con tu comentario, tan espontáneo, comienzo a percatarme de que tu lucidez y acidez literaria son cojoundas y, al mismo tiempo, inspiradoras.

    Tu toque de sucio-surrealismo. (Alcohólico, Crepúsculo, anglicismo de contrabando, windows) es delirante, y lo que tanto me gusta y me cuesta encontrar en un blog. No pares!! Yo tampoco pararé de hacerte la pelota.

    Un abrazo,

    VD

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  3. He reído a mandíbula batiente. Muy bueno tu humor pendenciero...

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  4. Genial Gin!!!! jajaja, ahora suicidarse leyendo Crepusculo..no será too much?
    Me encantó tu relato, realmente me divertí muchisimo leyendo tus detalles...
    PD: yo tb odio los bares modernosos!
    Besos !

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El Jes Extender es el opio del pueblo.
Al salir cierra la puerta que se escapa el gato.