miércoles, 27 de octubre de 2010

La dichosa moral


La mañana del 17 de enero de 2014 amaneció teñida de gris plomizo, otros tópicos acompañaban a la acción, como el de que me encontraba en un marco incomparable o que recibí un jarro de agua fría cuando conecté la televisión.

Un levantamiento militar había tenido lugar, y todos los contrarios al régimen eran considerados gordos, así que no tuve más remedio que escapar del lugar. Sin embargo la tarea no iba a ser fácil, estaba en el tema tres de biología y nunca se me ha dado bien el tema de la división celular, ¿cuándo una célula se divide quién se queda con el perro?

Al salir a la calle pude comprobar como el terror había ocupado hasta el último poro de la realidad, las balas silbaban, y las granadas pasaban sobre mi cabeza cantando Hotel California. En poco tiempo pude encontrar un lugar seguro, era confortable, había provisiones y tenía unas paredes sólidas. Junto a mí, sentado sobre un saco de harina se encontraba mi vecino Luis, que tiene un hijo que trabaja en la BMW, el pequeño, que también se llama Luis y tiene un piso en la calle Roble; toda esta información no sirve para nada, pero me ayuda a rellenar unas cuantas de líneas. Al poco tiempo de guarecerme (me encanta esta palabra) en el refugio una bomba cayó sobre el tejado. Parte del tejado se derrumbó ocultando la vida de varios compañeros del lugar, el polvo recubrió los cuerpos de todos los presentes y los escombros taparon la única salida del sitio. Sin embargo una persona podía salir de allí, y como podéis adivinar se trataba de mí. Al partir hacía mi libertad escuché las plegarias de los que permanecían al otro lado de la habitación casi aislados por los escombros, la palabra ayuda era la más repetida, por delante de salami y estrógeno. ¿Pero qué podía hacer yo? Cientos de quilos de cemento, tejas y madera se encontraban entre ellos, mi persona y sus pertenencias, así que sin pensarlo dos veces olvidé mi educación, olvidé mi moral, mi ética y una petaca con mi nombre grabado en el tapón, y cargué con todas sus pertenencias para ponerlas a salvo en un banco de Suiza donde nadie pudiese arrebatarle ni un ápice de brillo al oro.

Dicen que la guerra cambia a las personas; pero yo sigo teniendo el mismo gusto por el oro.

3 comentarios:

  1. Cualquier disfraz que use la violencia saca a la luz las peores cualidades de uno, pero…olvidarse la petaca es lo más atroz que escuche en mi vida.

    Formidable publicación, con la inteligencia y el buen gusto en la elección de las palabras como “guarecerme”.

    Le envío un espontaneo abrazo.

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  2. Claro que si Gincrispi, el oro es el oro, en la paz y en la guerra, joder!
    Glorioso texto este, con el exquisito final que - una vez mas- el que se salva es el protagonista..
    SALUD!
    Besos desde el otro lado del charco..

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  3. La moral y demás movidas no pueden competir con el oro, que brilla y puedes mirarlo desde muchas perspectivas y sigue siendo igual de apetecible. La guerra es aburrida. Ni cambian las personas ni cambia nada, salvo escasos ejemplos en los que todo el mundo muere y entonces sí cambia algo.
    Pero me dejo de comentarios de feria ante tus grandes textos y paso a las 3 ginpropuestas:

    1. Siempre he me ha gustado hacer graffitis de mi madre con bigote (se permite mencionar a freud en este punto, en caso de verlo necesario, aunque sería mejor mencionar a, por ejemplo, las madres con bigote y fake tits)

    2. Nunca he pensado que esto podría ocurrir, así que no me siento responsable por ello.

    3. Si salieran a la luz 400.000 documentos hablando de mis miserias existenciales y ocultas, por fin podría escribir el best-seller de mi vida.

    Espero ansioso la lubricación literaria de las propuestas!

    Un abrazo,

    VD

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El Jes Extender es el opio del pueblo.
Al salir cierra la puerta que se escapa el gato.