viernes, 8 de octubre de 2010

Un día cualquiera…


Mi caminar era ligero y constante, el acerado de mi calle parecía terciopelo y el terciopelo de mi vecina parecía acerado, todo daba a entender que iba a ser un día perfecto. La cadencia de mi pisadas me llevó junto al río, con un simple vistazo se podía contemplar a la fauna y la flora del ecosistema marino. Un conjunto de peces se deslizaba entre la guarida de Aquaman y una lavadora, un paisaje magnífico. Incluso el pequeño Peter había crecido dos centímetros, con lo cual ya medía dos centímetros, todo un coloso.

En poco tiempo me coloqué sobre mi objetivo, la entrada de mi trabajo, normalmente saludaba al portero del edificio y me adentraba en las fauces del gigante de hormigón, pero esta vez era diferente, me encontraba en mitad de una selva, ¿y cómo sé que estoy en mitad de una selva?, os preguntaréis, pues no lo sé, preguntárselo al autor del texto cuando dejéis los comentarios de la entrada.

Llamé varias veces al tronco de la palmera, pero nadie me respondía, así que me adentré en la selva hasta llegar a una zona con menos vegetación. En el claro aproveché para subirme a una piedra y así poder otear el horizonte, pero no pude observar nada, probé una segunda vez, esta vez con los ojos abiertos, y comprobé que había un camino entre la maleza. Me dirigí allí y tomé ese camino, era un pasaje complejo, estaba lleno de grandes rocas, conceptos como el de la economía sostenible, un señor que afirmaba que de la crisis saldremos rebajando los derechos esenciales, pero sin vaciar las piscinas de los multimillonarios, y animales venenosos como serpientes, arañas y un oso con un ejemplar sobre las aplicaciones de la teoría M a la cocina de diseño.

Tras salir del camino comencé a escuchar como el galope de un caballo se acercaba hacía mí, puse mi pabellón auditivo sobre el suelo y percibí como el pulso de las herraduras al camino se alejaba, al alzarme volví a sentirme cerca del galope, volví a posar mi oreja sobre la arena y esta vez sí, el galope se acercaba, pero no era uno, si no varios, al menos eran diez jinetes montados en dos caballos, ¿o eran dos caballos montados en diez jinetes?

Sólo pude contemplar como los jinetes iban vestidos con trajes grises con corbata a juego, gel fijador y un maletín en la mano derecha, así que sin pensarlo más comencé a correr como alma que lleva… un abogado. Corrí y corrí sin mirar hacía atrás hasta que mis pies tocaron la suave y blanca arena de la playa, los jinetes me rodearon y pronto caí de bruces sobre la salobre arena, alcé la mirada y lo comprendí todo… Las ruinas del estadio Santiago Bernabéu me hicieron ver lo que había pasado, y entonces sólo me quedó por decir…

He vuelto...estoy en mi casa otra vez. ¡Durante todo este tiempo, no sabía que estaba en ella! ¡Maniáticos! ¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡OS MALDIGO!

Y después nos fuimos a tomar un café.

2 comentarios:

  1. Maravilloso trip apocalíptico, evidentemente volveremos a la selva pero esta vez serán multinacionales de plástico, categorizadas y exclusivas, ni las ruinas del Santiago Bernabéu los detienen, nuestros ángeles de la guarda, oscuros y sanguinarios, estos, los abogados, déjeme maldecir junto a usted por última vez, antes de ver el gigantesco hongo de luz y azufre.

    Saludos cordiales...

    ResponderEliminar
  2. Ahh, Gincrispi, que final has logrado chaval (aclaro que cada vez me está gustando más expresarme en español....me sale bien, no? me gusta saber otros idiomas, jajjaaja :))

    Pero volviendo a tu texto, excelente y desbordante como siempre. Muy bien descripto, pude sentir el galope de los caballos...o de los jinetes?, de todas maneras coincido con el Barón: la escena final sería un increíble y letal hongo de luz y azufre...
    Te dejo un cálido abrazo, desde un bosquecito de cemento...

    ResponderEliminar

El Jes Extender es el opio del pueblo.
Al salir cierra la puerta que se escapa el gato.