William Freud alrededor del mundo. Capítulo 5.
...Levanté mi mano y llamé al encargado, un nativo con una chapita identificativa se acercó y comenzamos a debatir sobre mi situación actual, el nativo afirmaba con rotundidad que no podía hacer nada, que una vez salpimentado no había vuelta atrás, seguía lanzándome negativas, y los aldeanos comenzaban a ponerse nerviosos... De repente un nativo, con un delantal de piel de león blanco, se acercó a la cacerola y colocó la tapa sobre mi cabeza dejando un mísero hilo de luz sobre mis penas, en ese momento la angustia se hizo dueña de mis actos y de mi casa en el campo, metí la cabeza entre mis rodillas y me resigné a convertirme en el plato principal de una comilona para aldeanos, ni siquiera la exposición pictórica sobre Sorolla junto a las zanahorias trozeadas podía calmar mi pena. Aunque el tiempo pasaba y la cacerola seguía fría, nadie había azuzado el fuego, es más, un inquietante silencio se había instalado en el exterior, junto a una palmera. Decidí levantar un poco la tapa de l...