viernes, 25 de junio de 2010

William Freud alrededor del mundo. Capítulo 4.

...Y la puerta del apartamento donde nos tenían recluidos se abrió de nuevo, los caníbales volvían a por más. Al parecer no habían tenido suficiente con el francés decostruido; un señor con plumas en la cabeza, una lanza, un cutis como un campo de batalla y un pareado de Yves saint Laurent me señaló con el dedo índice del francés decostruido y sus secuaces me tomaron por la fuerza llevándome al exterior. Una vez allí pedí asilo político y una tapa de pez espada, pero según me contaron la embajada llevaba un par de años cerrada debido a que la factura del Adsl en la selva era muy elevada, en cuanto a la tapa de pez espada era horrible, cualquier plato fuera de la cocina antropófaga era un mundo para el cocinero. Cada segundo que pasaba la muerte se acercaba un poquito más con un bote de especias en la mano, estaba a punto de llorar o de abrazar el comunismo, no lo recuerdo bien, las imágenes de mi infancia volvían a mi cabeza una y otra vez, mi situación era desesperada, así que intenté convencer al cocinero haciéndole una pequeña lista de porque no deberían cocinarme esa tarde. Comencé advirtiéndole de la poca carne que recubren mis huesos, le enumeré las gran cantidad de enfermedades que había contraído con el paso de los años, incluso llegué a admitir que en una ocasión entré a escondidas a ver una comedia romántica de Sandra Bullock, pero nada resultó efectivo, un pueblo tan primitivo como ese no estaba a la altura del razonamiento de occidente, ¡qué se podía esperar de una tribu qué equipaba los apartamentos con láserdisc! Pero mi tiempo se agotaba, aún no me había terminado la tapa de pez espada cuando un grupo de ayudantes del chef me agarró de los brazos y me depositó en una enorme cacerola. Los ayudantes se retiraron para recoger leña y el pinche de cocina apareció para empezar a salpimentar el rancho, todavía me quedaban unos minutos hasta que los ayudantes del chef se diesen cuenta de que me habían colocado sobre la vitrocerámica y la leña era innecesaria, así que pensé que debía hacer lo que toda persona hace cuando se encuentra en una situación así...


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El Jes Extender es el opio del pueblo.
Al salir cierra la puerta que se escapa el gato.