miércoles, 14 de julio de 2010

Atraco a las 3... bueno mejor a las 4.

Era una calurosa tarde de julio cuando quedamos para planear el atraco al banco. Nos reunimos en una pizzería cerca de la playa, justo en la orilla. El calor se pegaba a nuestra piel como un político a una comisión. Sobre las siete de la tarde comenzaron a llegar los chicos; primero lo hizo el pequeño Richard, que como era menor venía acompañado de su madre y le pedimos un menú infantil, poco después lo hizo Miguel, fuimos juntos a la guardería desde el invierno de 1969 hasta la primavera de 1983, y al rato llegó el último miembro, María “La corriente”, la llamábamos así porque no tenía nada de especial, era monótona y sólo hablaba cuando estaba sola, pero daba compañía y comía menos que un loro. Una vez que estábamos los cuatros reunidos pasamos a planear el golpe, esta vez debía de ser la última, este tenía que ser nuestro último trabajo. Buscábamos la riqueza que salvaguardase la inscripción a la tele por cable y nuestras vidas, nada podía fallar, así que miramos con lupa hasta el último detalle. Todo estaba previsto; el armamento, el plan de huida, el plan por si las cajeras eran guapas, los movimientos a seguir, las pausas para ir al baño, todo. Sin embargo algo salió mal. Sobre las doce de la mañana fuimos a recoger al pequeño Richard a la escuela y nos pusimos camino del local que queríamos atracar. Entramos con la actitud que todo ladrón de bancos debe tener, creamos la atmósfera adecuada, en el lugar había un representante de la revista “Atracos Hoy” y queríamos dar buena impresión. Así que nos pusimos manos a la obra pero no contábamos con que un grupo de policías con frondosos bigotes, porras en mano y demás tópicos policiacos nos estuviesen esperando en el banco, habíamos sido víctimas de un chivatazo.

Y no era la primera vez que nos pasaba, cuando María “La corriente” se iba por las tardes a tomar el sol al parque tenía la fea costumbre de hablar sola sobre las fechorías que iba a cometer, y eso unido a la declaración por triplicado del pequeño Richard hizo que mis huesos y los de Miguel dieran en una celda.

La vida en la cárcel era muy dura, la piscina del patio estaba demasiado clorada y el rancho era pródigo en marisco pero avaro en pescado azul, con lo cual el ácido úrico de mi cuerpo se amontonó en el dedo gordo del pie. Aunque no era el único peligro del que nos debíamos preocupar Miguel y yo éramos presas esperando el toque de gracia en el patio de la cárcel, ese punto era el lugar de reunión de los intelectuales más locos y malvados del país. Estaban los Brownianos locos, Los psicópatas de Freud, Los barba roja de Marx, y los más peligrosos, Los conejos muertos de Gandhi. Sin embargo en un despiste del vigilante conseguimos saltar la valla y obtuvimos nuestra libertad, aunque eso lo contaré en otro momento, o no.

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Al salir cierra la puerta que se escapa el gato.